viernes, 16 de octubre de 2026

EL DONATIVO DEL SENADOR HECTOR ACOSTA


El senador Héctor Acosta entregó 100 mil pesos al Hogar de Ancianos San Antonio de Padua, dinero que fué recaudado de las taquillas vendidas del juego entre Las Águilas Cibaeñas y Licey en Bonao.

El legislador, expresó su satisfacción al poder colaborar con los adultos mayores entregándoles los recursos para poder cubrir sus necesidades.

La Directora del Hogar, agradeció el donativo del Senador y pidió que Dios se lo recompense con salud.

ELLA QUIERE QUE LE HAGAN COMO EL CHIVO BEBE AGUA


 


 

 


Esto eslo que se dice un "trozo de jembra". ¡Mamasilla!...¡Recojan!


HASTA A LOS NIÑOS LOS ENTRENAN PARA MATAR, ESOS MALDITOS....

 


Niñas en Irán muestran su destreza para armar y desarmar fusiles Kaláshnikov (AK-47) durante una demostración en la que ponen a prueba su rapidez y precisión al manipular las piezas del arma.

Las imágenes han llamado la atención por la participación de menores de edad en este tipo de ejercicios relacionados con el manejo de armamento. 

 


Algunos dirán que ella no les interesa, porque tiene un tatuaje...Si lo dicen, bueno, ustedes se la pierden. Vean sus labios carnosos, demostrativos de que es una mujer intensa. Y si chequean su mirada retadora se darán cuenta, de que es seductora, y que pone a cualquiera a brincar la tablita y a tragarse su tatoo.

YO CON MI NIETA, EN HARD ROCK, HOTEL Y CASINO PUNTA CANA

 



 





 


 



 


 




 


 



jueves, 15 de octubre de 2026



 

    

         

 



 

 


Trump descarta su plan de transmitir en directo el fusilamiento de un exmilitar

La ejecución de Nidal Malik Hasan está programada para el 3 de diciembre en Fort Hood, siendo la primera por fusilamiento desde 1945

LO QUE DICE ANGEL PUELLO


 Por Ángel Puello

En mis más de 40 años dedicado a la producción audiovisual, realizando programas infantiles, concursos, espacios de variedades, producciones familiares, realities, carnavales, especiales de fin de año y grandes eventos televisivos, he aprendido una lección que considero importante compartir: una cosa es que un programa no nos guste y otra muy diferente es que sea una mala producción.


Esta reflexión no pretende defender ningún programa en particular, ni cuestionar el derecho legítimo de los críticos y del público a expresar sus opiniones. Busca explicar lo que muchas veces se esconde detrás de una avalancha de críticas que puede destruir, en cuestión de días, el esfuerzo de meses y hasta años de trabajo.


Vivimos una época en la que una opinión negativa puede recorrer el mundo en minutos. Lo que anteriormente se comentaba en un periódico, en espacios especializados como Arte Nacional, de Joseph Cáceres, o Todo un Poco, de Mundito Divinal, hoy puede multiplicarse mediante cientos de plataformas digitales, programas radiales, canales de televisión y redes sociales.


Y aquí comienza un fenómeno psicológico y sociológico que merece nuestra atención.


Cuando confundimos nuestros gustos con la calidad

Recuerdo que, durante una charla que impartí a estudiantes en una feria, un joven levantó la mano para afirmar categóricamente que Sábado Gigante Internacional, conducido por Don Francisco, era uno de los peores programas que había visto.


Le pregunté por qué.

Me respondió que estaba cansado del Chacal, de las canciones de Don Francisco y de las discusiones que este sostenía con una de sus colaboradoras argentinas.


Entonces le pregunté su edad. Tenía aproximadamente 19 o 20 años.


Le expliqué que Sábado Gigante no estaba diseñado exclusivamente para jóvenes como él. Era una producción de entretenimiento familiar, con segmentos destinados a diferentes generaciones.


Que sus contenidos no coincidieran con sus preferencias no significaba que fuera una mala producción.


Aquella conversación quedó grabada en mi memoria.


Lo mismo ocurre cuando un programa dirigido a públicos de determinados niveles socioeconómicos es evaluado desde los gustos y expectativas de otros sectores, o cuando una propuesta concebida para jóvenes de 18 a 25 años es juzgada exclusivamente por personas mayores de 40 o 50.


Por supuesto, cualquier ciudadano tiene derecho a criticar cualquier programa. Pero una evaluación profesional debe considerar su público objetivo, sus propósitos, su formato y los resultados que pretende alcanzar.



Las expectativas exageradas pueden convertirse en enemigas

Existe otro fenómeno que he observado repetidamente: productores y conductores que, entusiasmados con sus proyectos, anuncian que presentarán algo jamás visto en la historia de la televisión.


Prometen revolucionar la comunicación, romper todos los esquemas y ofrecer una experiencia extraordinaria.

Sin darse cuenta, construyen una expectativa prácticamente imposible de satisfacer.


Desde el punto de vista psicológico, cuanto mayor es la promesa, mayor puede ser la decepción cuando el resultado no alcanza lo anunciado.


No se descarta qué finalmente él productor cumplio con lo que prometió pero la gente esperada mucho pero mucho más .


Una producción buena puede terminar siendo considerada mediocre, sencillamente porque prometió ser extraordinaria.


Por eso siempre he considerado que es preferible sorprender al público con los resultados antes que comprometerse con promesas desproporcionadas.


Cuando las diferencias políticas y personales contaminan las críticas

No podemos ignorar otra realidad.


En ocasiones, quien dirige una producción tiene diferencias políticas con determinados sectores de la población.


Puede pertenecer a un partido, simpatizar con un candidato o haber protagonizado enfrentamientos públicos.


Cuando estrena un programa, algunas personas aprovechan la oportunidad para descargar viejos resentimientos.


Otras veces no existen diferencias políticas, sino rivalidades profesionales, conflictos personales o cuentas pendientes.


Entonces la crítica deja de concentrarse en la escenografía, el contenido, la conducción, el ritmo o la realización técnica.


El objetivo pasa a ser desacreditar a quien está detrás del proyecto.


Esto no significa que toda crítica negativa responda a intereses ocultos. Muchas son legítimas, necesarias y extraordinariamente útiles.


El problema aparece cuando los prejuicios sustituyen al análisis.



Programas internacionales que necesitaron tiempo para demostrar su valor

La historia de la televisión internacional ofrece ejemplos interesantes.


Saturday Night Live, uno de los espacios humorísticos más emblemáticos de Estados Unidos, recibió críticas contradictorias cuando comenzó en 1975. Algunos especialistas cuestionaron su irregularidad y determinados segmentos, mientras otros reconocieron su originalidad.


Con el tiempo se convirtió en una institución televisiva.

Otro ejemplo es The Office, cuya adaptación estadounidense recibió opiniones divididas durante su primera temporada. Posteriormente alcanzó reconocimiento internacional y obtuvo importantes premios.


Ambos casos demuestran que una primera impresión no necesariamente determina el futuro de una producción.

También nos enseñan que innovar implica riesgos y que ciertos formatos necesitan tiempo para encontrar su identidad, ajustar contenidos y conectar con su audiencia.


Detrás de un programa existen familias que dependen de él

Esta es posiblemente la parte que más me preocupa.


Cuando alguien observa un programa de televisión, normalmente ve al conductor, los invitados y la escenografía.

Pero detrás puede existir una empresa que realizó inversiones millonarias.


Hay camarógrafos, productores, editores, diseñadores, técnicos de sonido, maquillistas, encargados de redes sociales, contables, asistentes, personal administrativo y numerosos colaboradores.


Muchos dependen económicamente de esa producción.


Cuando una campaña de descrédito contribuye a provocar su desaparición, las consecuencias pueden extenderse mucho más allá de sus principales figuras.


Se pierden empleos, contratos, inversiones y oportunidades profesionales.


Por supuesto, ninguna producción debe mantenerse artificialmente por el simple hecho de generar empleos. Pero tampoco merece ser condenada injustamente por razones ajenas a su calidad.


El sufrimiento psicológico que casi nadie vez


Existe igualmente una dimensión humana que pocas veces se considera.


Detrás del productor o conductor están sus padres, su esposa, su esposo, sus hijos, sus familiares y sus amigos.


Cuando una producción se convierte en blanco de burlas, ataques personales y descalificaciones masivas, las consecuencias emocionales pueden ser profundas.


No es lo mismo recibir una crítica profesional que enfrentar cientos de mensajes humillantes.


La crítica responsable señala errores, identifica debilidades y propone mejoras.


La crítica destructiva procura ridiculizar y desacreditar.

Ambas pueden parecer iguales en una pantalla, pero sus motivaciones y consecuencias son diferentes.


El peligro de repetir lo que dicen los demás


Recuerdo otra experiencia reveladora.


En cierta ocasión, una persona comentó negativamente sobre un programa televisivo recién estrenado.

Le pregunté qué le había parecido.


Me respondió que era malísimo.


Cuando quise conocer cuáles aspectos consideraba deficientes, terminó confesándome algo sorprendente:


—Yo realmente no lo he visto, pero como todo el mundo está diciendo que es malo, también puse que era malo.


Aquella respuesta me confirmó la fuerza de lo que en psicología social se conoce como influencia social o conformidad grupal.


Muchas personas terminan adoptando opiniones porque perciben que son compartidas por la mayoría.


En las redes sociales, esa dinámica puede intensificarse.


Una crítica repetida miles de veces puede crear una percepción negativa incluso entre personas que jamás han visto la producción.


Y cuando esa percepción se consolida, revertirla puede resultar extremadamente difícil.


¿Cómo debemos evaluar verdaderamente una producción?

Considero que antes de declarar que un programa es bueno o malo debemos analizar aspectos fundamentales: su público objetivo, la calidad técnica, el contenido, la creatividad, el ritmo, la conducción, la originalidad, la coherencia del formato y su capacidad para cumplir los objetivos propuestos.


También debemos preguntarnos si estamos evaluando el producto o nuestros sentimientos hacia quienes lo realizan.


Un programa puede ser técnicamente excelente y no gustarnos.


Otro puede tener deficiencias importantes y resultar entretenido.


Y una producción que comienza con errores puede mejorar extraordinariamente después de varias entregas.


La crítica es indispensable para elevar la calidad de nuestros medios. Sin ella, muchos productores nunca identificarían sus debilidades.


Pero criticar responsablemente exige conocimiento, independencia, equilibrio y, sobre todo, haber visto aquello que estamos juzgando.


Después de más de cuatro décadas produciendo televisión, he sido testigo de éxitos, fracasos, injusticias y extraordinarias transformaciones.


Por eso considero que antes de contribuir a destruir públicamente una producción debemos reflexionar sobre las razones de nuestro juicio.


No se trata de regalar elogios ni de guardar silencio ante la mediocridad.


Se trata de comprender que detrás de cada programa existen sueños, inversiones, empleos, familias y seres humanos.


Y que una crítica puede convertirse en una herramienta para construir o en un instrumento para destruir.


Mi conclusión es sencilla: tenemos todo el derecho de decir que un programa no nos gusta, pero debemos tener argumentos suficientes antes de sentenciar que no sirve.


Porque muchas veces el problema no está en lo que estamos viendo, sino en los prejuicios, las expectativas y los intereses con los que decidimos mirarlo.


Y esa diferencia puede determinar el destino de una producción y de muchas personas que dependen de ella.


angelpuello@gmai.com