jueves, 13 de abril de 2023

 


Se trata, con su llamativa portada en la que se anuncia un 'súper perfume' hecho a base de cocaína en flor, de la tercera antología que edita Doria después de 'Un país en crisis' y 'Mujeres en primera plana'. Las comparaciones, claro, son odiosas. «Son tres libros sobre lo que sería la intrahistoria de los años treinta a través del periodismo, y en este caso del periodismo popular, que no quiere decir que sea malo, sino que busca temas que llamen la atención», aclara Doria.

En el menú, contrabando y tráfico fronterizo, combates ilegales de animales, fumaderos de opio, estragos de la crisis económica y mercadeo de la miseria, videntes, galenos con remedios milagrosos… Y en la hemeroteca, los ecos no tan lejanos de 'Callejeros' y 'Cuarto milenio' y el reflejo de todos los curanderos y vendedores de crecepelo que se multiplicaron durante la crisis sanitaria del Covid-19. «Todo lo que vemos ahora ya existía, ya estaba inventado», defiende el periodista.


Por tener, 'Los años amarillos' tiene hasta un pintoresco pueblo en el que todos sus habitantes tienen seis dedos. Ahí los pueden ver, en una de las imágenes que ilustran esta información, recién salidos de la portada de 'Estampa' del 29 de agosto de 1929. 


«Cultura popular expresada por los mejores de su generación», desliza Doria en el prólogo. Una plantilla periodística «de primera división» por la que desfilan Magda Donato, Irene Polo, Francisco Madrid, Ana María Martínez-Sagi, Fernando de la Milla, Mario Aguilar, Vicente y Javier Sánchez Ocaña… Los mejores de la clase, al servicio de cabeceras como 'Mundo Gráfico', 'Estampa', 'Crónica' y 'Ahora', entre otros.


El hachazo de la guerra

Una generación perdida que creció con la radio y la Leica y desapareció engullida por el agujero negro de la posguerra. 


«Unos tuvieron que luchar en la guerra, otros fallecieron o se fueron, y muchos otros se quedaron, pero si miras la segunda parte de su vida, es totalmente anodina. Son gente que quería hacerse perdonar, entre comillas, los pecados de haber escrito en determinados medios que después de la guerra se consideraban subversivos», explica. Razón de más para recuperar su trabajo y dignificar una manera de entender el oficio «ineludible para conocer a la mayoría lectora». «No se llama periodismo amarillo porque fuera malo, sino porque realmente llamaba la atención», subraya Doria. De hecho, recuerda, el nombre está estrechamente ligado a la tira cómica 'The Yellow Kid' que Outcault empezó a publicar a finales del siglo XIX en el 'New York World' de Pulitzer primero y el 'New York Herald' de Hearst después.


El primer cómic de la historia, bautizando de manera involuntaria un reporterismo que los años acabarían asociando al sensacionalismo, la exageración y los titulares escandalosos.


Que muchos de los nombres que firman los textos de 'Los años amarillos' se repitan en las dos anteriores entregas de crónicas periodísticas compiladas por Doria confirma que también aquí, entre casas de empeños, morfinómanos deslenguados y toros indultados a las puerta de la Guerra Civil, se puede aspirar a la «excelencia periodística». «¿Caviar o huevos fritos? Ambas opciones son deliciosas si se degustan en el contexto adecuado», concede Doria. «Y estos periodistas escriben muy bien», añade.


«Es una justa reivindicación de una generación no tan solo olvidada por las circunstancias históricas y políticas, sino también desde el punto de vista profesional», insiste. 


Contadores profesionales con línea directa con el naturalismo de Zola que poco o nada tenían que envidiar a lo que estaba por venir al otro lado del charco. «Tenemos que perder esa cosa tan española de que si no lo hacemos nosotros parece que no tenga mérito, y en cambio si lo hacen los americanos o los ingleses sí; como si nos tuvieran que venir a bendecir», apunta a propósito de la irrupción, décadas después, del Nuevo Periodismo de Günter Wallraff y Tom Wolfe.


Con todo, si de algo le ha servido a Doria zambullirse a conciencia en los años treinta mientras daba clases de periodismo en pleno siglo XXI ha sido para convencerse de que la solución está aún más lejos. No en el siglo XX. Ni siquiera en el XIX. «A mis alumnos les digo que nuestro modelo ha dejado de ser el XIX, con muchas noticias a la vez, y tiene que ser ahora el periodismo del siglo XVIII, cuando había muy pocas noticias pero muy bien reposadas por escritores como Daniel Defoe y Jonathan Swift. Lo que le hace falta entender al periodismo es que su ritmo tiene que ser completamente opuesto al de la sociedad ahora que abunda la información y falta la interpretación», defiende.


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NIURKA BAEZ,
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