A finales de los años sesenta y durante todos los
setenta, el cine Lido de la Avenida Mella se convirtió en una sala especializada en las películas eróticas.
Jóvenes y adultos encontraban en el lugar el sitio ideal para el desenfreno de las pasiones y lujuria, presenciando películas pornográficas explícitas, que no dejaban nada a la imaginación.
Muchas son las anécdotas de las cosas que sucedían en la oscuridad de la sala, pues había muchos espectadores que no se contenían, provocados por las candentes escenas, y recurrían a juegos manuales para darse placer.
Esas películas eran rigurosamente prohibidas para menores.
Y a los adultos, con cara de niño, les pedían la cédula para dejarlos entrar.

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