miércoles, 4 de noviembre de 2026

El presidente Donald Trump le pidió algo a los votantes a lo largo de la campaña de las elecciones intermedias: “Imaginen que estoy en la boleta”. Durante esta temporada, lo dijo no una ni dos veces, sino 47.

Y los votantes lo hicieron, solo que no de la manera que él esperaba.


La ola demócrata en las elecciones legislativas del martes entraña una dura crítica a un presidente impopular después de más de una década en la que ha dominado la escena nacional. Más que cualquiera de sus predecesores, Trump convirtió de manera deliberada la contienda de mitad de mandato en un referendo sobre él, y pagó el precio.


El contragolpe electoral llegó incluso a estados profundamente republicanos y señaló que Trump ha perdido su dominio sobre la coalición que lo llevó a la Casa Blanca en dos ocasiones. Frustrados por los altos precios de la gasolina, una intrincada guerra con Irán y acusaciones de lucro flagrante por parte de Trump y personas de su círculo, los votantes que antes habían optado por un candidato independiente que prometía cambios esta vez rechazaron a su partido o se quedaron en casa.


Para las primeras horas de la mañana del miércoles, se esperaba que el margen de victoria demócrata en el voto nacional general para los escaños de la Cámara de Representantes fuera de unos 13 puntos porcentuales, el más grande que cualquier partido ha registrado en una elección legislativa desde al menos 1976, según proyecciones de The New York Times. Eclipsará incluso los márgenes que los republicanos obtuvieron en sus dos grandes victorias de los tiempos modernos, cuando derrotaron a los demócratas en el Congreso mientras Bill Clinton ocupaba la Casa Blanca en 1994 y cuando Barack Obama era presidente en 2010.

Debido a la redistribución de distritos, es posible que ese margen no se traduzca en tantos escaños como los que obtuvieron los vencedores en esos años decisivos. Los distritos de la Cámara de Representantes manipulados dejan muchos menos escaños disponibles para ser tomados por el otro partido que en el pasado. Pero el margen general de la victoria demócrata es un indicio de que, si bien al presidente le quedan dos años más de mandato y todavía puede ejercer el poder con implicaciones importantes, los estadounidenses están señalando el principio del fin de la era de Trump.


“Básicamente es un repudio a Trump y a los republicanos, y a lo que han hecho en los últimos dos años”, dijo Douglas B. Sosnik, quien fue director político de la Casa Blanca con Clinton y siguió de cerca estas contiendas. “Sí creo que a partir de mañana, entramos en esta nueva fase, una fase de transición que durará dos años. Y será mucho más volátil que los últimos dos años”.


Trump, muy pronto, intentó guardar las apariencias al insistir en que la victoria contundente de los demócratas no era en realidad un rechazo a él, ya que no estaba en la boleta, sin importar que le dijera a los votantes reiteradamente que votaran como si lo estuviera.


“Yo no estaba en la boleta, y como no estaba en la boleta, no pudimos hacer que suficiente gente saliera a votar”, dijo al Times en una entrevista el martes por la noche.


Incluso muchos republicanos pondrían los ojos en blanco con esa declaración, pues se trató de una campaña que de manera muy evidente giró en torno a Trump.


Fue Trump quien decidió iniciar una guerra con Irán que conmocionó los mercados energéticos y aumentó los precios en las gasolineras. Fue Trump quien eligió a los candidatos, los temas, la estrategia y el mensaje.


Fue Trump quien exigió lealtad absoluta de un partido cuyos candidatos estaban nerviosos por distanciarse de él. Y fue Trump quien restó importancia a las preguntas sobre la ética de sus ganancias económicas durante su mandato, lo que contribuyó a impulsar las inquietudes de los votantes sobre la corrupción.


La derrota de dos candidatos republicanos al Senado que él mismo seleccionó en lugar de contendientes potencialmente más viables en estados muy republicanos —Ken Paxton en Texas y Darline Graham en Carolina del Sur— demostró las consecuencias de sus intervenciones. Su iniciativa para desechar el proceso normal y rediseñar los distritos de la Cámara de Representantes a mediados de la década para intentar inclinar la balanza a favor de los republicanos resultó contraproducente.


Muchos votantes dijeron a los encuestadores y entrevistadores que se sentían engañados por Trump, pues creían que iba a bajar los precios y no empezar nuevas guerras. Esperaban que cerrara la frontera, pero se indignaron ante lo que consideraron arrestos de mano dura a personas que llevaban años viviendo en Estados Unidos. Se rebelaron contra los aranceles que aumentaron los costos para los consumidores.


La manera en que Trump pasó el día antes de las elecciones mostró ser una metáfora de lo desfasados que estaban sus instintos políticos con el momento actual. En lugar de enfatizar planes para abordar las preocupaciones sobre el costo de vida que experimentan muchos votantes, 

pronunció su último discurso preelectoral en el estanque reflectante del monumento a Lincoln, y habló sobre algas y tuberías. Fue un recordatorio vívido de su obsesión con sus proyectos de construcción favoritos en Washington, a pesar de las señales de advertencia de cómo eso molestaba a los votantes, como si Richard M. Nixon hubiera dado su último discurso preelectoral frente al complejo de edificios Watergate.


Incluso si el trumpismo pudiera estar desvaneciéndose, Trump tiene el poder de la presidencia por dos años más y hará todo lo que esté a su alcance para seguir siendo una voz dominante el mayor tiempo posible. Sus aliados advirtieron que no se debe asumir que es una fuerza en decadencia.


“Los críticos de Trump han escrito su obituario político antes y se han equivocado todas las veces”, dijo David McIntosh, presidente del Club for Growth, un grupo que promueve políticas económicas conservadoras.


“La solución es que los republicanos volvamos a nuestros principios”, añadió. “Así es como ganaremos en 2028”.


Existe, por supuesto, una tendencia natural a sacar lecciones grandilocuentes de una enorme ola en las elecciones intermedias, a asumir que representa un cambio fundamental en el electorado estadounidense. Ciertamente podría serlo. Pero en la historia se han visto muchos ejemplos en los que el cambio no duró mucho. Y queda por ver si los resultados del martes señalan un cambio ideológico más general entre los votantes.


Se pensó que la ola pos-Watergate de 1974 presagiaba un largo invierno de ostracismo político para los republicanos, pero Ronald Reagan regresó al partido a la Casa Blanca solo seis años después. Se esperaba que las victorias arrasadoras de los republicanos en 1994 y 2010 presagiaran el final de las presidencias de Clinton y Obama, pero ambos volvieron para ganar la reelección con facilidad dos años después.


Lynn Vavrek, profesora de política estadounidense y políticas públicas en la Universidad de California en Los Ángeles, dijo que el factor más importante en las elecciones fueron los elevadísimos precios de la gasolina, por lo que podría no deducirse que el carácter político del país haya cambiado profundamente.


“No significa que la coalición del movimiento MAGA se esté desmoronando”, dijo. “¿Significa que Donald Trump ha perdido un poco de su brillo? Sí. ¿La gente está menos entusiasmada con él? Creo que la respuesta a eso es sí”. Pero dijo que esto no significa necesariamente que los republicanos vayan a abandonar las “políticas marcadas por la identidad” en temas como la migración y la diversidad que han impulsado al partido durante el mandato de Trump.


Se trata, después de todo, de un partido fundamentalmente alterado, uno que Trump forjó a su propia imagen, empoderando a quienes se subordinan a él y purgando a quienes muestran independencia. “No sabemos cómo va a reaccionar el presidente, pero hasta ahora solo hemos visto a miembros de su partido doblegarse ante él”, dijo Christina M. Greer, profesora de ciencias políticas en la Universidad de Fordham.

Joe Grogan, quien se desempeñó como asesor de política nacional de Trump en su primer mandato, dijo que al margen de los resultados electorales, el presidente ha cambiado el panorama político al impulsar temas que no se abordaban lo suficiente antes, como presionar para lograr mejores acuerdos comerciales y conseguir un mayor gasto militar por parte de los aliados de la OTAN. El partido, dijo, no volverá a ser lo que era antes.


“Seguimos en el partido de Trump, independientemente de lo que pase esta noche”, dijo Grogan, ahora en Covington & Burling, antes de que cerraran las urnas. “Creo que las personas que esperan que el trumpismo sea repudiado se equivocan. Habrá algunos debates que creo serán saludables para el partido. Pero simplemente no veo que haya una gran fuente de apoyo para que el partido vuelva a ser el que George W. Bush lideró durante dos elecciones exitosas”.


Al mismo tiempo, los demócratas debatirán cómo interpretar su victoria. Este año, su identidad más importante fue simplemente estar en contra de Trump, lo cual fue más que suficiente. Pero los progresistas dirán que fue la energía de la izquierda la que impulsó el éxito, mientras que los moderados dirán que el atractivo para los republicanos desencantados en estados como Texas y Kansas fue crucial.


“El relato más importante es que los republicanos que no son del movimiento MAGA han roto con el Partido Republicano”, dijo Rahm Emanuel, exalcalde demócrata de Chicago y embajador que está explorando una candidatura a la presidencia. “La pregunta es, ¿queremos que esta elección sea transaccional o transformadora? Lo que hagamos en 2027 determinará eso”.


James Blanchard, quien fue elegido al Congreso por primera vez en la victoria categórica de los demócratas tras el escándalo de Watergate en 1974 y después fue gobernador de Míchigan, dijo que las elecciones de este año se sintieron similares a las de ese histórico año. Pero dijo que eso no significa que la política estadounidense volverá a ser como era antes de Trump. “No podremos retroceder, desafortunadamente”, dijo. “Vamos a tener que seguir adelante”.


“Es el fin de Trump”, añadió, “aunque él todavía vaya a seguir allí”..(THE NEW YORK TIMES)

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NIURKA BAEZ,
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